Cómo detectar una oportunidad, analizarla y decidir si merece la pena invertir

Peter Lynch dirigió el Fidelity Magellan Fund entre 1977 y 1990, periodo en el que el fondo obtuvo un rendimiento anual cercano al 29 % y se convirtió en uno de los fondos de inversión más exitosos de su época. Pero una de las ideas más interesantes de Lynch es precisamente que un inversor particular puede encontrar oportunidades que los profesionales todavía no han visto, simplemente prestando atención a las empresas, productos y cambios que tiene delante.

En Un paso por delante de Wall Street, Lynch parte de una idea sencilla: las acciones no son billetes de lotería; detrás de cada acción hay una empresa. Por eso, más que intentar adivinar qué hará mañana el mercado, propone entender el negocio, investigar sus perspectivas, prestar atención a los beneficios y comprobar si el precio que pagamos tiene sentido.

El libro se publicó originalmente en 1989 y terminó convirtiéndose en un clásico de la inversión, con más de un millón de ejemplares vendidos. Su enfoque combina algo poco habitual: la experiencia de uno de los gestores más reconocidos de Wall Street con la convicción de que muchas de las mejores pistas de inversión están al alcance de cualquiera que sepa observar y haga después los deberes.

Esta primera parte reúne algunas de las ideas, herramientas y modelos extraídos del libro que merece la pena conservar y aplicar. Cada bloque desarrolla una de esas piezas y la convierte en una clave práctica para aprender a observar empresas, investigar lo que hay detrás de ellas y pensar una inversión antes de comprarla.

Los pequeños inversores contamos con una ventaja que muchas veces infravaloramos: podemos conocer una empresa antes como clientes que como inversores. Podemos descubrir un producto, una tienda o una nueva forma de consumir simplemente viviendo nuestra vida normal, mucho antes de que otros inversores profesionales se fijen en ella.

Si hacemos los deberes e investigamos un poco, podemos comprobar si detrás de lo que hemos descubierto hay también un negocio atractivo, con unas expectativas razonables y una situación financiera sólida.

Ahora bien, la experiencia cotidiana sirve para descubrir dónde mirar, pero no sustituye al análisis. No debemos salir corriendo a comprar acciones de una empresa solo porque nos guste como consumidores.

Podemos buscar empresas donde exista una relación reconocible entre lo que ocurre en el negocio y lo que terminará ocurriendo en la acción: una empresa funciona, entra en nuevos mercados, aumentan sus beneficios y, con el tiempo, aumenta también el precio de sus acciones; o una empresa con problemas consigue reinventarse.

Y ese proceso necesita tiempo. Según Lynch, una inversión ganadora típica de su cartera tarda en general entre tres y diez años en ofrecer todo su rendimiento.

La ventaja no consiste solo en descubrir algo antes que los demás. También consiste en analizar correctamente lo que has descubierto, no pagar cualquier precio por ello y tener paciencia para que la evolución del negocio termine reflejándose en la cotización.

El precio de una acción es probablemente el dato que más miramos y, al mismo tiempo, uno de los que menos nos dicen cuando aparece aislado. El precio aislado, sin relacionarlo con el negocio que hay detrás, aporta muy poca información.

Estamos rodeados de cotizaciones, variaciones diarias, índices y movimientos de mercado. Podemos saber en segundos cuánto ha subido o bajado una acción. El problema es que toda esa información puede mandarnos un mensaje equivocado: hacernos creer que el precio nos está diciendo algo sobre la calidad de la empresa.

Si una acción cotiza a 30 dólares y otra a 10, no podemos concluir que la primera sea mejor, más valiosa o tenga mayores posibilidades de éxito. El precio nominal de una acción no nos dice qué empresa tiene mejores perspectivas.

Lo que el señor Mercado está dispuesto a pagar hoy o la semana que viene tampoco nos dice cuál de esas empresas tiene más posibilidades de triunfar dentro de dos o tres años.

Por eso, mirar continuamente la cotización puede crear una falsa sensación de información. Sabemos lo que está haciendo la acción, pero eso no significa que sepamos lo que está haciendo la empresa.

El precio nos dice cuánto está pagando hoy el mercado. El negocio nos dice qué podemos estar comprando.

Tarde o temprano, los beneficios deciden el destino de una inversión. Lo que diga la bolsa hoy, mañana o la semana que viene no es más que una distracción.

Esto no significa que una empresa que todavía no gana dinero deba descartarse automáticamente. En ese caso podemos darle la vuelta al análisis y preguntarnos algo más útil: ¿cuánto tendría que ganar esta empresa en el futuro para justificar el precio que estamos pagando hoy?

Para hacerlo, primero debemos mirar la capitalización bursátil de la empresa, es decir, el número de acciones emitidas multiplicado por el precio de cada acción. A partir de ahí podemos trabajar hacia atrás y calcular qué beneficios tendría que generar el negocio para justificar una determinada valoración futura.

Por ejemplo, si una empresa tiene una capitalización bursátil de 10.000 millones y queremos que se convierta en una 10-bagger, tendría que llegar a valer 100.000 millones. La siguiente pregunta ya no es cuánto podría subir la acción, sino otra mucho más exigente:

¿Qué beneficios tendría que generar el negocio para justificar una valoración de 100.000 millones?

Si suponemos un PER de 40 veces beneficios, esa empresa tendría que ganar aproximadamente 2.500 millones al año. Entonces podemos comparar esa cifra con la realidad y preguntarnos si alcanzar semejantes beneficios parece razonablemente posible.

Así, en lugar de partir de una historia atractiva e imaginar cuánto puede subir una acción, partimos de la valoración que tendría que alcanzar y calculamos qué beneficios tendría que producir el negocio para sostenerla.

Además, una empresa extraordinaria puede convertirse en una inversión muy arriesgada si pagamos demasiado por ella. Ninguna gran empresa elimina el problema de una valoración excesiva.

No preguntes solo cuánto puede subir una acción. Pregunta cuánto tendría que ganar la empresa para justificar que suba hasta allí.

Que una tendencia tenga un enorme potencial no significa que tengamos que invertir directamente en las empresas que están en el centro de la euforia ni aceptar cualquier valoración para participar en ella. Lynch propone tres formas de beneficiarnos de una tendencia sin comulgar con expectativas extravagantes sobre el valor de algunas compañías.

La primera es la vieja estrategia de «picos y palas». Durante la Fiebre del Oro, muchos aspirantes a mineros perdieron dinero, mientras quienes les vendían los picos, las palas, las tiendas y la ropa hicieron buenos negocios. Aplicado a una nueva tendencia, podemos buscar empresas que no sean las protagonistas directas, pero que suministren los productos, servicios o infraestructura necesarios para que esa tendencia funcione.

La segunda son los «experimentos sin riesgo» (free play). Consiste en buscar empresas ya establecidas, con beneficios reales y una valoración razonable, que estén desarrollando una actividad relacionada con la nueva tendencia. Si el proyecto funciona, puede añadir mucho valor; si fracasa, el negocio principal puede limitar el daño para el accionista.

La tercera consiste en buscar un beneficio tangencial. Una empresa tradicional puede aprovechar una nueva tecnología para reducir costes, acelerar sus operaciones, mejorar su eficiencia y aumentar su rentabilidad, aunque su negocio principal no pertenezca directamente a esa tendencia.

Así, en lugar de preguntarnos únicamente «¿qué empresa está en el centro de esta tendencia?», podemos ampliar el campo:

¿Quién vende los picos y las palas?
¿Qué empresa sólida tiene una opción sobre esa tendencia sin depender de ella?
¿Qué negocio tradicional puede aumentar sus beneficios gracias a ella?

Ese cambio de perspectiva permite participar en una tendencia real sin confundir el potencial de la tendencia con la justificación de cualquier valoración.

Que una empresa nos guste, conozcamos sus productos o pensemos que tiene buenas perspectivas puede ser una razón para interesarnos por ella, pero no es razón suficiente para comprar sus acciones.

Antes de invertir, Lynch propone hacer los deberes e investigar al menos cuatro cuestiones fundamentales:

Las perspectivas de beneficios. ¿Tiene capacidad para aumentar sus beneficios en el futuro?

La situación financiera. ¿Tiene unas finanzas suficientemente sólidas para sostener el negocio y sus planes?

La posición frente a la competencia. ¿Qué lugar ocupa dentro de su sector y qué posibilidades tiene de mantener o mejorar esa posición?

Los planes de expansión. ¿Cómo pretende seguir creciendo y cuánto recorrido le queda?

Este último punto es especialmente importante en empresas cuyo crecimiento depende de seguir abriendo establecimientos, entrando en nuevos mercados o ampliando su presencia. No es lo mismo una compañía presente todavía en el 10 % de su mercado potencial que otra que ya ha cubierto el 90 %.

Por eso debemos tener claro de dónde va a proceder el crecimiento futuro y cuándo es probable que empiece a perder fuerza. Cuando una empresa se acerca al final de su fase de expansión, debemos preguntarnos de dónde podrá salir el siguiente tramo de crecimiento y cuánto recorrido le queda todavía.

La cuestión, por tanto, no es simplemente:

«¿Me gusta esta empresa?»

sino:

«¿Entiendo suficientemente bien de dónde pueden venir sus beneficios futuros, qué posición ocupa, cómo pretende seguir creciendo y qué podría frenar ese crecimiento?»

Invertir bien no significa acertar con todas las empresas que incorporamos a la cartera. No hace falta ganar dinero con todas las acciones que compramos para obtener buenos resultados.

seis acciones ganadoras de cada diez pueden ser suficientes para conseguir resultados satisfactorios.

Cuando compramos una acción sin utilizar apalancamiento, la pérdida máxima está limitada al dinero que hemos invertido, porque su precio no puede caer por debajo de cero. Si invertimos 1.000 dólares y la empresa fracasa por completo, podemos perder esos 1.000 dólares.

Pero al otro lado ocurre algo diferente: las ganancias de una gran inversión no tienen ese mismo límite. Esos mismos 1.000 dólares pueden convertirse con el tiempo en 10.000, 15.000, 20.000 dólares o más si encontramos una empresa excepcional y dejamos que siga creciendo.

Por eso una cartera no necesita estar formada únicamente por aciertos. Unas pocas grandes ganadoras pueden compensar ampliamente las pérdidas provocadas por varias inversiones que salen mal.

La cuestión importante no es, por tanto:

«¿Cuántas veces he acertado?»

sino:

«¿Cuánto gano cuando acierto frente a cuánto pierdo cuando me equivoco?»

Después de todo, invertir no consiste en adivinar qué hará mañana el mercado. Consiste en encontrar empresas que podamos entender, investigar qué hay realmente detrás de ellas y decidir si el precio que pagamos tiene sentido respecto a lo que ese negocio puede llegar a producir.

A veces la primera pista aparecerá comprando, trabajando o simplemente prestando atención a cómo cambia el mundo que tenemos delante. Otras veces la mejor forma de aprovechar una tendencia estará lejos de las empresas que concentran toda la atención. Pero una pista nunca sustituye al análisis.

Tenemos que hacer los deberes: entender las perspectivas de beneficios, la situación financiera, la posición competitiva y de dónde puede salir el crecimiento futuro. Y después aceptar algo que forma parte del juego: no todas las inversiones van a salir bien.

No hace falta que lo hagan.

Las pérdidas de una acción tienen un límite, mientras que una gran empresa puede multiplicar nuestra inversión durante muchos años. Por eso unas pocas grandes ganadoras pueden compensar muchos errores.

La dificultad está en no confundir continuamente el movimiento de la acción con la evolución del negocio. El mercado nos ofrece un precio nuevo cada segundo; la empresa tarda años en demostrar hasta dónde puede llegar.

No necesitas acertar con el mercado. Necesitas encontrar buenos negocios, comprarlos con criterio y darles tiempo para demostrar que tenías razón.

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