Invertir con perspectiva empresarial: del negocio al precio y del precio a la decisión

Comprar una acción es fácil. Lo difícil es saber qué estamos comprando realmente, cuánto estamos dispuestos a pagar y qué tendría que ocurrir para que dejara de tener sentido seguir siendo propietarios.

El mercado facilita que pensemos primero en precios. Una cotización cambia constantemente y siempre parece estar diciéndonos algo: que compremos, que vendamos, que esperemos o que hemos llegado tarde. Pero detrás de cada acción sigue existiendo un negocio, y entender ese negocio debería venir antes que intentar adivinar qué hará su precio.

En Buffettología, Mary Buffett y David Clark desarrollan precisamente esa forma de aproximarse a la inversión a través de la manera de pensar de Warren Buffett. No como una fórmula cerrada, sino como una perspectiva en la que empresa, beneficios, previsibilidad, precio y rentabilidad esperada forman parte de una misma decisión.

Hay varias ideas que me parecen especialmente útiles porque obligan a cambiar el orden habitual de las preguntas: entender primero la empresa, reconocer qué podemos prever y qué no, distinguir principios de métodos, saber cuándo no actuar y, finalmente, analizar una inversión como analizaríamos la compra de un negocio entero.

Todo empieza por una distinción aparentemente sencilla, pero decisiva: una empresa que queremos poseer y el precio que estamos dispuestos a pagar por ella son dos decisiones distintas.

Como dice Warren, hay que invertir en empresas que hagan productos que entiendas y fijarse mucho en el precio que estás dispuesto a pagar, hasta el punto de que, una vez has decidido que quieres esa empresa, el precio determine completamente si compras o no.

Primero identifica qué quieres comprar y después deja que el precio determine si lo compras o no.

Aquí hay dos preguntas que conviene diferenciar:

¿Qué comprar? ¿A qué precio?

Parece sencillo, ¿a que sí? Lo es y no lo es.

Hay una parte cualitativa de la ecuación: las teorías generales que determinan en qué tipo de compañías deberíamos fijarnos. Y otra parte cuantitativa, cargada de matemáticas, que nos ayuda a encontrar el precio adecuado a pagar.

Ambas partes son fundamentales porque puedes encontrar una empresa excelente, entender su negocio y querer ser propietario de ella y, aun así, decidir no comprarla si el precio no encaja. Una buena empresa no tiene por qué ser una buena inversión a cualquier precio.

A fin de cuentas, como decía Benjamin Graham, la inversión es más inteligente cuanto más enfocada está en el negocio.

Determinar el valor intrínseco de una empresa es una de las piezas centrales para entender la filosofía de inversión que Mary Buffett y David Clark atribuyen a Warren Buffett.

El valor intrínseco de una inversión es la proyección de la tasa de rentabilidad compuesta anual que producirá la inversión. Para calcularla, primero hay que prever un valor futuro de la empresa, compararlo con el precio que tenemos que pagar hoy y tener en cuenta el tiempo que necesitará para alcanzar ese valor.

Esa rentabilidad prevista es la que podemos utilizar para decidir si la inversión tiene sentido empresarial frente a otras alternativas.

Por ejemplo: si podemos comprar una acción X por 10 dólares y estimamos que dentro de diez años valdrá 50, la rentabilidad compuesta anual sería aproximadamente del 17,46 %. Esa rentabilidad prevista es la que después podemos comparar con la que esperamos obtener en otras inversiones.

Pero todo el cálculo depende de nuestra capacidad para estimar razonablemente el futuro de la empresa.

Si no tenemos cierto grado de confianza sobre cuáles pueden ser sus beneficios futuros, cualquier cálculo sobre su valor futuro empieza a convertirse en especulación y la especulación, en una invitación a la locura. Por eso Buffett busca para sus inversiones a largo plazo empresas cuyos beneficios futuros puedan predecirse con un grado elevado de certeza.

Eso cambia bastante la manera de entender el valor intrínseco. No consiste simplemente en introducir números en una ecuación. La calidad del cálculo depende primero de la calidad y previsibilidad del negocio que estamos intentando valorar.

Las matemáticas vienen después. Antes hay que preguntarse si realmente tenemos una base suficientemente sólida para estimar cómo puede evolucionar el negocio.

Graham proporcionó a Buffett muchas de las bases sobre las que construyó su filosofía de inversión. Pero Buffett no se limitó a copiar su método.

Fue incorporando ideas de otros inversores, aprendiendo de su propia experiencia y modificando su forma de invertir a medida que cambiaba el entorno. Cualquier estrategia utilizada en un campo altamente competitivo requiere la capacidad de adaptarse y cambiar a medida que el entorno evoluciona.

Lo que le funcionaba a Graham en los años treinta y cuarenta dejó de funcionarle igual a Warren en los setenta y ochenta.

Hay un ejemplo de comparación entre Walter Schloss y Buffett que lo deja bastante claro.

Schloss mantuvo una filosofía mucho más cercana al enfoque tradicional de Graham. Gestionaba una cartera muy diversificada, a menudo con más de cien empresas, y dejaba que el precio fuese el elemento dominante de la decisión. Buscaba acciones que cotizaran por debajo de su valor intrínseco y vendía cuando alcanzaban ese valor.

Buffett evolucionó hacia otra forma de invertir.

Su cartera era mucho más concentrada y la naturaleza económica de la empresa pasó a tener el mismo peso que el precio a la hora de decidir qué comprar. Además, estaba dispuesto a mantener una inversión durante mucho tiempo mientras la economía del negocio siguiera siendo al menos tan buena como cuando la compró. Eso le permitía beneficiarse del efecto compuesto de los beneficios no distribuidos.

La diferencia no significa que Buffett rechazara a Graham. Al contrario. Conservó muchas de sus bases, pero modificó la forma de aplicarlas.

Aprender de alguien no significa convertir su método en una doctrina inmóvil. Una estrategia puede ser extraordinaria en un determinado contexto y perder efectividad cuando cambian las condiciones.

Graham mismo parece haber entendido esto. Entre 1934 y 1962 publicó cuatro ediciones de Security Analysis, revisando en cada una métodos antiguos y nuevos de análisis de valores.

Incluso Buffett siguió volviendo a esas bases. Según cuentan Mary Buffett y David Clark, Warren juró no volver a invertir sin haber leído Security Analysis doce veces. También conserva las cuatro ediciones en su escritorio y todavía encuentra en ellas sutilezas que se le escaparon en lecturas anteriores. Su propia experiencia le permite encontrar nuevos matices cada vez que vuelve al libro.

Quizá ahí está una de las distinciones más importantes que debemos hacer: ¿estoy defendiendo un principio que sigue siendo válido o simplemente un método que funcionó bien en otro contexto?

Por eso mismo es tan importante que aprendamos a no confundir principios con métodos.

Los principios pueden seguir siendo válidos durante décadas. Los métodos utilizados para aplicarlos pueden necesitar cambiar muchas veces.

Para mí, lo más importante es no abandonar lo que funciona por perseguir cada novedad, pero tampoco convertir una estrategia que funcionó en el pasado en una regla intocable.

La inversión desde una perspectiva empresarial no es difícil únicamente porque requiera conocimientos de contabilidad y finanzas. Lo más complicado es que obliga a pensar de una manera bastante distinta a la que suele dominar en las grandes casas de inversión de Wall Street.

Una vez entendida esta perspectiva, veremos que tiene más de disciplina que de filosofía.

No basta con saber qué tipo de empresas queremos comprar o cuánto estamos dispuestos a pagar por ellas. Hay que ser capaces de mantener ese criterio cuando el miedo o la avaricia empujan al mercado en otra dirección.

Pero te aviso: no se trata de una disciplina que lo abarca todo, en la que se pueda confiar que cualquier situación producirá beneficios. Por el contrario, como dijo Graham en referencia a la selección de obligaciones, se trata de un “arte negativo”.

Se trata de una disciplina que tiende a decirnos tanto o incluso más acerca de lo que no hay que comprar que de lo que sí hay que comprar.

Para mí, ahí está el verdadero valor del concepto de “arte negativo”: una buena estrategia no solo debería decirnos cuándo actuar. También debería decirnos cuándo no hacerlo.

Cuando uno adopta esta perspectiva de inversión, deja de pensar en los valores del mercado como un fin en sí mismo y empieza a pensar en la economía de posesión de las empresas que esos valores representan.

Una acción no deja de representar la propiedad parcial de un negocio. El hecho de que tenga un precio que cambia cada día no debería hacernos olvidar qué estamos comprando realmente: una participación en una empresa concreta.

Con este cambio de perspectiva, uno mismo empieza a modificar también las preguntas internas. Del mismo modo que Graham enseñó a Buffett a dejar de preguntarse:

(a) ¿qué valor? y (b) ¿a qué precio?

para empezar a preguntarse:

(a) ¿en qué empresa? y (b) ¿en qué condiciones voy a invertir?

Estas son las bases para empezar a pensar desde una perspectiva más empresarial.

La idea principal de Warren es comprar empresas excelentes a un precio que tenga sentido empresarial. En la práctica, eso obliga a relacionar tres elementos: la capacidad del negocio para generar beneficios, el precio que pagamos y la rentabilidad que podemos esperar de esa relación.

El precio sigue siendo fundamental, pero deja de analizarse de forma aislada.

Podemos imaginarlo de una forma muy sencilla: piensa en la compra de una acción como pensarías si fueras a comprar un negocio entero. Si alguien te ofreciera una empresa de tu barrio, primero intentarías entender cómo funciona y qué beneficios puede generar. Después mirarías el precio.

Solo entonces podrías valorar la rentabilidad esperada y compararla con otras alternativas.

Pero pensar como propietario no termina en el momento de comprar.

También cambia la manera de entender cuándo vender.

Si posees una empresa extraordinaria, su economía continúa siendo favorable y la rentabilidad que puedes esperar de ella sigue siendo atractiva, una subida rápida de la cotización no tiene por qué convertirse automáticamente en una razón para desprenderte de ella.

¿Por qué ibas a abandonar un buen negocio si sigue siendo capaz de producir una rentabilidad atractiva durante muchos años?

Cuando vendas, dejarás de ser propietario de ese negocio y tendrás que encontrar otro lugar donde colocar tu capital. Y la siguiente alternativa puede ser mejor, pero también puede ser peor.

Por eso, para Buffett, pensar a largo plazo no consiste simplemente en conservar acciones durante mucho tiempo. También consiste en comportarse como el propietario de una empresa mientras la economía del negocio siga justificando esa propiedad.

Una acción no debería cambiar nuestra forma de razonar solo porque cotice cada día. Si no compraríamos un negocio entero basándonos en lo que creemos que hará su precio la semana que viene, tampoco tiene demasiado sentido hacerlo con una pequeña participación en él.

Si alguien te ofreciera comprar el supermercado de la esquina, probablemente no empezarías preguntando cuánto ha subido su precio durante la última semana. Empezarías por el negocio.

Mirarías sus cuentas y tratarías de averiguar cuánto dinero genera realmente. Después comprobarías si esos beneficios son más o menos constantes o si varían mucho de un año a otro.

Si esos beneficios hubiesen sido estables, la siguiente pregunta sería si existen razones para pensar que esa situación puede cambiar. Porque no basta con saber cuánto ha ganado el supermercado hasta ahora. Lo que importa es si existe una base razonable para pensar que podrá seguir generando beneficios en el futuro.

Solo después preguntarías el precio.

Porque una vez sabes cuánto genera el negocio y cuánto te piden por él, puedes relacionar ambas cosas para estimar qué rentabilidad obtendrías como propietario.

Si el supermercado cuesta 100.000 euros y genera 20.000 euros al año, los beneficios equivaldrían al 20 % del precio pagado.

A partir de ahí ya puedes comparar.

¿Ese 20 % esperado compensa frente a otras alternativas disponibles?

Si la respuesta es sí y la rentabilidad te parece suficientemente atractiva para el riesgo que estás asumiendo, entonces la compra empieza a tener sentido.

Ese es, en esencia, el proceso que aplicarías al invertir desde una perspectiva empresarial. Tanto si compras una empresa entera como si adquieres únicamente una participación mediante acciones, las primeras preguntas son las mismas:

¿Qué beneficios puede generar previsiblemente este negocio?

¿Qué precio tengo que pagar por él?

Visto así, el proceso puede reducirse a una secuencia bastante sencilla:

Pero el ejemplo del supermercado no termina en la compra.

Supongamos que realmente compras ese negocio y sigue produciendo una rentabilidad atractiva. Tiempo después alguien aparece y te ofrece un 35 % más de lo que pagaste.

La tentación podría ser vender y asegurar rápidamente esa ganancia.

Pero la perspectiva empresarial obliga a hacerse otra pregunta: si el negocio sigue siendo bueno y continúa generando una rentabilidad difícil de encontrar en otros sitios, ¿por qué venderlo solo porque alguien esté dispuesto a pagarte más hoy?

Hay además dos costes que conviene tener en cuenta. Por un lado, vender puede tener consecuencias fiscales que reduzcan la ganancia obtenida. Por otro, después tendrás que encontrar otro lugar donde reinvertir el dinero, y puede ocurrir que las nuevas alternativas ofrezcan una rentabilidad menor.

Pensar como propietario significa no preguntarse solo si merece la pena comprar un negocio, sino también si tiene sentido dejar de poseerlo. Al final, comprar, mantener o vender forman parte de la misma decisión: dónde puede trabajar mejor nuestro capital.

Para mí, la idea no es encontrar una fórmula capaz de eliminar la incertidumbre. Es aprender a poner las preguntas en el orden correcto y tener la disciplina de respetar las respuestas.

Invertir desde una perspectiva empresarial obliga a entender qué tenemos delante, reconocer qué podemos prever y qué no, y fijar las condiciones bajo las que estamos dispuestos a ser propietarios. Ese marco evita que cada movimiento del mercado nos obligue a replantearlo todo.

Si el negocio sigue siendo bueno y las razones que justificaban nuestra inversión continúan vigentes, que el mercado nos ofrezca hoy un precio distinto no debería cambiar automáticamente nuestra decisión.

El mercado puede cambiar de opinión todos los días. Nuestro criterio no debería cambiar con la misma facilidad.

Quizá por eso, ante una decisión de comprar, mantener o vender, la pregunta más útil sea:

¿Quiero ser propietario de este negocio, a este precio y con estas expectativas?

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