La inversión más rentable no cotiza en bolsa

Cuando pensamos en invertir solemos pensar en acciones, fondos o inmuebles. Pero el activo que probablemente tenga mayor impacto en nuestros ingresos a lo largo de la vida ni siquiera aparece en una cartera de inversión: nuestro propio capital humano. El problema es que sabemos cómo analizar inversiones financieras, pero casi nunca sabemos cómo analizar una inversión en nosotros mismos.

Y esto plantea un problema interesante:

Llevo ya algún tiempo invirtiendo en activos financieros y estoy acostumbrado a analizar decisiones de inversión en términos de rentabilidad esperada y riesgo. Si invierto en una acción, un fondo o cualquier otro activo, puedo hacer estimaciones razonables sobre cuánto podría crecer ese capital a lo largo del tiempo. Pero cuando ese mismo capital se destina a invertir en uno mismo —por ejemplo en formación, habilidades o experiencia— el análisis se vuelve mucho menos claro. Sabemos que estas decisiones pueden tener un impacto enorme en nuestra vida profesional y económica.

El problema es que raramente tenemos una forma clara de evaluarlas.

Cuando analizamos una inversión financiera tenemos métricas relativamente claras.

Sabemos, por ejemplo, que el mercado bursátil estadounidense —medido a través del S&P 500— ha generado históricamente una rentabilidad real cercana al 6–7% anual a largo plazo (-3% por la inflación aplicado). Esto permite hacer estimaciones razonables sobre cuánto podría valer una inversión dentro de 10 o 20 años si ese rendimiento medio se mantiene. Pero cuando ese mismo dinero se destina a mejorar nuestras habilidades, la comparación se vuelve mucho menos evidente.

La investigación económica muestra que invertir en capital humano puede ser extremadamente rentable.

Un estudio del Federal Reserve Bank of New York estima que la educación universitaria genera una tasa interna de retorno media cercana al 12,5% anual para el graduado típico. Es decir, aproximadamente el doble del rendimiento histórico real del mercado bursátil estadounidense.

Los datos salariales en España apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, los trabajadores con educación universitaria ganan en promedio alrededor de un 50% más que quienes tienen solo educación secundaria, según datos comparativos de la OCDE.

Además, muchas oportunidades laborales ni siquiera aparecen en el mercado abierto. Diversos estudios sobre movilidad laboral sugieren que una parte importante de los empleos se consigue a través de redes profesionales, recomendaciones o procesos internos, lo que convierte el networking y la reputación profesional en activos con impacto económico real.

En otras palabras, invertir en uno mismo puede generar retornos comparables —o incluso superiores— a los de los activos financieros tradicionales.

El problema es que el capital humano no tiene precio de mercado, no genera ingresos inmediatos y su resultado depende de muchas variables difíciles de estimar.

Esto nos lleva a la cuestión importante que trataremos en este articulo:

Llegados a este punto, el problema empieza a aclararse. Sabemos que invertir en capital humano puede generar retornos muy altos. En muchos casos incluso superiores a los de los activos financieros tradicionales. Pero también sabemos que estas inversiones son mucho más difíciles de evaluar. No tienen un precio de mercado claro. No generan ingresos inmediatos. Y su resultado depende de muchos factores difíciles de estimar.

Por eso, en la práctica, muchas personas toman estas decisiones de forma intuitiva.

Algunos invierten en formación sin pensar demasiado en el retorno esperado y otros hacen lo contrario: priorizan siempre las inversiones financieras porque son más fáciles de medir.

En ambos casos el problema es el mismo:

No existe un marco claro para comparar ambas decisiones de inversión.

La propuesta de este artículo es sencilla. Intentar responder a la pregunta inicial:

Para ello necesitamos un marco que permita analizar ambas decisiones utilizando una lógica comparable. Una forma útil de analizar estas decisiones es tratar la inversión en uno mismo como si fuera un activo productivo. Cuando invertimos, lo que realmente hacemos es estimar qué retorno puede generar en el futuro el capital que invertimos hoy. Con el capital humano podemos aplicar una lógica muy similar.

Retorno directo (TIR humana)

La primera parte consiste en estimar el retorno directo que puede generar una nueva habilidad o formación: mayores ingresos, mejores empleos o mayor estabilidad profesional. A este retorno lo llamaremos retorno del capital humano. Y puede aproximarse utilizando una lógica parecida a la tasa interna de retorno de una inversión financiera, algo que podemos llamar una “TIR humana”.

La idea es sencilla: si una formación aumenta nuestros ingresos futuros, ese incremento es el retorno económico de esa inversión en habilidades.

Si conocemos el coste de esa inversión —matrícula, tiempo dedicado o ingresos que dejamos de percibir mientras estudiamos— podemos comparar ese coste con los beneficios económicos que genera a lo largo del tiempo.

En otras palabras, podemos tratar la educación o las habilidades como una inversión que produce flujos económicos futuros.

Opcionalidad del capital humano

Pero el capital humano tiene una característica adicional que lo diferencia de la mayoría de activos financieros. Algunas habilidades no solo generan ingresos directos, sino que también abren nuevas oportunidades. Permiten acceder a sectores distintos, cambiar de tipo de trabajo, emprender o desarrollar proyectos propios. En muchos casos, el valor de una habilidad no está únicamente en el salario que aumenta, sino en las posibilidades que crea. Por ejemplo, aprender programación puede aumentar el salario en un empleo tradicional, pero también puede permitir trabajar como freelance, lanzar un producto digital o participar en una startup. A este componente adicional podemos llamarlo opcionalidad del capital humano.

Si combinamos estas dos dimensiones —el retorno directo y las nuevas oportunidades que genera una habilidad— podemos resumir el modelo de forma sencilla:

Este marco no pretende dar una cifra exacta del rendimiento de una habilidad, pero sí proporciona una forma más estructurada de pensar estas decisiones.

Una vez entendido el marco, podemos usarlo de forma bastante simple para evaluar cualquier inversión en formación o habilidades. El proceso puede resumirse en 3 pasos.

1. Calcula el coste real de la inversión

Primero debemos estimar cuánto cuesta realmente adquirir esa habilidad. Esto incluye el coste directo (matrícula, cursos, materiales) y también el coste de oportunidad, es decir, el tiempo o los ingresos que dejamos de percibir mientras dedicamos recursos a aprender.

2. Estima el retorno directo (TIR humana)

El siguiente paso consiste en estimar cuánto podrían aumentar nuestros ingresos gracias a esa nueva habilidad. Para hacerlo podemos apoyarnos en datos del mercado laboral. Por ejemplo, estudios del Banco de España estiman que la educación superior genera tasas internas de retorno cercanas al 11–12% anual en España. Además, una amplia literatura económica sobre capital humano —desde los trabajos desarrollados en la Universidad de Chicago— encuentra que cada año adicional de educación aumenta los ingresos aproximadamente entre un 8% y un 10%. Ese incremento salarial puede interpretarse como el retorno económico asociado al capital humano. Aunque estos datos se refieren a educación formal, ilustran bien el principio general: mejorar el capital humano suele traducirse en mayores ingresos a lo largo del tiempo.

3. Evalua la opcionalidad

Por último, conviene analizar qué nuevas oportunidades abre una habilidad. Algunas formaciones no solo aumentan el salario. También pueden permitir acceder a otros sectores, trabajar en nuevos mercados o emprender proyectos propios.

Para evaluar esta dimensión pueden considerarse tres preguntas sencillas:

  • ¿Cuántos nuevos caminos profesionales abre esta habilidad?
  • ¿Qué tan grandes podrían ser los saltos salariales o de carrera que permite?
  • ¿En cuántos sectores o contextos puede aplicarse?

En general, cuanto más amplía una habilidad el número de trayectorias posibles y mayor sea su aplicabilidad, mayor será su opcionalidad. Por eso, al comparar distintas alternativas, no solo debemos fijarnos en el aumento directo de ingresos, sino también en las oportunidades que esa habilidad puede generar a lo largo del tiempo.

Este marco no pretende calcular con precisión matemática el valor de una habilidad. Su objetivo es evitar algunos errores comunes cuando pensamos en invertir en nosotros mismos.

Tratar la formación como un gasto

Muchas decisiones de formación se tratan simplemente como un coste. Sin embargo, la evidencia económica muestra que el capital humano puede generar retornos muy elevados. Pensar en formación como una inversión cambia completamente el tipo de decisiones que tomamos.

Sobrevalorar lo que es fácil de medir

Las inversiones financieras tienen precios, gráficos y métricas claras. Eso crea la sensación de que son decisiones más racionales. Pero esa claridad puede ser engañosa. El capital humano no tiene cotización diaria, pero en muchos casos es el activo que más influye en los ingresos a lo largo de una carrera profesional.

Confundir educación con inversión

No toda formación genera retorno económico. El modelo solo funciona cuando la habilidad adquirida tiene demanda real en el mercado laboral y puede aplicarse en la práctica.

Incluso cuando se aplica correctamente, este enfoque tiene limitaciones. El retorno del capital humano es difícil de estimar con precisión porque depende de factores inciertos.

Entre los más importantes están:

  • La evolución del mercado laboral. La demanda de ciertas habilidades puede cambiar con el tiempo.
  • La capacidad personal para aplicar la habilidad. No todas las personas obtienen el mismo retorno de la misma formación.
  • Los cambios tecnológicos o económicos. Nuevas tecnologías, crisis o transformaciones sectoriales pueden alterar el valor de ciertas competencias.

Por eso este marco no pretende ofrecer una cifra exacta de rentabilidad, sino una forma más estructurada de pensar estas decisiones. Como ocurre con cualquier inversión, el objetivo no es eliminar la incertidumbre, sino tomar decisiones mejores con la información disponible.

Supongamos el siguiente caso.

Una persona está considerando cursar un máster especializado que cuesta 30.000 €. Actualmente gana 35.000 € al año. El primer paso consiste en calcular el coste real de la inversión. El coste no es solo la matrícula. También debemos considerar el coste de oportunidad, es decir, los ingresos que dejamos de percibir mientras dedicamos tiempo a estudiar. Si el máster dura un año y durante ese tiempo la persona no trabaja, el coste total sería aproximadamente:

  • 30.000 € de matrícula
  • 35.000 € de salario que deja de percibir

En total, el coste real de la inversión sería 65.000 €.

Una vez estimado el coste, podemos analizar el retorno directo (TIR humana). Tras completar el máster, la persona podría acceder a puestos con un salario aproximado de 45.000 € anuales. Esto implica un aumento de ingresos de 10.000 € al año respecto a su situación anterior. Con ese incremento salarial, la inversión de 65.000 € podría recuperarse aproximadamente en 6 o 7 años. A partir de ese momento, el aumento salarial representaría un retorno adicional sobre la inversión realizada.

El último paso consiste en evaluar la opcionalidad, es decir, las nuevas oportunidades profesionales que puede abrir el máster. Podemos hacerlo respondiendo a las tres preguntas del modelo.

¿Cuántos nuevos caminos profesionales abre esta formación?

Antes del máster, la persona tenía acceso principalmente a puestos con salarios cercanos a 35.000 € dentro de su sector actual. Después del máster podrían abrirse varias trayectorias adicionales, por ejemplo:

  • puestos especializados dentro del mismo sector
  • posiciones en empresas más grandes
  • oportunidades laborales en otros países
  • roles de gestión o consultoría

Esto significa que el número de trayectorias profesionales posibles aumenta.

¿Qué tan grandes podrían ser los saltos salariales o de carrera que permite?

Aunque el aumento salarial más probable sea hasta 45.000 €, algunas de estas trayectorias podrían implicar salarios significativamente mayores. Por ejemplo, ciertos puestos especializados podrían alcanzar 55.000 € o más, lo que representa un salto salarial mucho mayor que el incremento inicial considerado en el cálculo de la TIR humana.

¿En cuántos sectores o contextos puede aplicarse?

Si las habilidades adquiridas en el máster son transferibles, también podrían aplicarse en distintos sectores o mercados laborales, ampliando aún más las oportunidades profesionales disponibles. En conjunto, estos factores muestran que el valor real del máster no depende únicamente del aumento salarial inicial, sino también de las nuevas trayectorias profesionales que esa formación puede abrir a lo largo del tiempo.

Cuando pensamos en invertir solemos analizar activos financieros, rentabilidades esperadas y riesgo. Sin embargo, el activo que probablemente tenga mayor impacto en nuestros ingresos a lo largo de la vida ni siquiera aparece en una cartera. Es nuestro propio capital humano.

La dificultad es que este activo no tiene un precio observable ni cotiza en un mercado. Pero si lo analizamos como cualquier otra inversión —estimando su coste, su retorno potencial y las oportunidades que puede generar— podemos empezar a tomar decisiones mucho más racionales.

Al final, invertir en uno mismo no es una decisión emocional ni motivacional.

Es una decisión de asignación de capital.

Porque muchas veces la inversión más rentable no es la que aparece en un gráfico, sino la que aumenta tu capacidad de crear valor en el futuro.

y como diria Francisco Garcia Paramés en su libro «Invirtiendo a largo plazo»: El principal activo es uno mismo y ese debe ser nuestro objetivo prioritario, mejorar nuestras habilidades y capacidades para así poder ofrecer una propuesta atractiva a los que nos rodean. Esto implica un sacrificio tanto económico como en tiempo que, posiblemente, sea el más rentable de todos. Una vez agotadas las posibilidades de mejora personal, podemos pensar cómo enfocar el proceso inversor.

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